Relato #06 / CALENTURA INOCENTE


Recuerdo que ese día, mi novia y yo estábamos en la biblioteca de la universidad, era de tarde y la mayoría ya se había ido a su casa y el lugar estaba muy solo. En uno de los rincones, entre estanterías de libros y computadoras desocupadas estaba este morrito. Estaba concentrado en su celular y lo dejó en la mesa cuando nos vio desde lo lejos. Nos acercamos y nos saludamos muy incómodos, el morro namás no sonreía, se le veía muy serio.

Lo que pasó es que yo jugaba fútbol y me había esguinzado semanas atrás, lo que provocó que no asistiera a clases, y aunque me apliqué con los proyectos, siempre existe ese profe pendejo que me dejó un proyecto de un día para otro. Mi novia se llevaba bien con este morrito y me dijo que podría ayudarme. Pero la neta, era muy incómoda la situación porque yo ni lo topaba. Sí que lo había visto algunas veces conviviendo con el grupo de las amigas de mi morra, incluso esta última le prestaba su celular cuando el del tipo se descargaba, no me gustaba mucho eso la verdad.

Le expliqué el proyecto al morro y se puso a trabajar en su computadora. Mi novia me explicó así rápido que el wey se llamaba Jorge y que había aceptado ayudarme más como un favor a ella. Al cabo de un rato, y como el Jorge ni nos pelaba, le dije a mi novia que iba a salir a comprar algo y me salí de ahí.

Rápidamente fui hasta donde estaba la puerta de acceso de la universidad pero el morrito con el que había quedado para irnos a coger a mi casa, ya no estaba donde se supone que iba a esperarme. Yo no sabía sobre la bisexualidad, sólo sabía que a esa edad cualquier hueco era una buena trinchera y pues yo me daba, y a gusto. Le mandé un mensaje para preguntarle si siempre veríamos Netflix en mi casa pero el morro me dejó en visto. Guardé mi teléfono en el bolsillo y enseguida pude sentir mi tremenda erección, eso me pasaba seguido, que se me paraba bien machín cuando me enojaba algo, me hervía la sangre y automáticamente sentía un subidón de adrenalina y eso me calentaba. (Mi novia bien sabía que las mejores cogidas se las daba cuando yo perdía algún partido y andaba bien emputado). Se perfectamente que no está bien traicionar a la pareja y todo eso. Pero la verdad es que yo andaba bien caliente en aquellos días y mi novia no quería hacer el delicioso. Porque resulta que su perro chihuahua, como de 89 años, se había enfermado y no comía, así que lo tuvieron que internar en el hospital, y desde entonces era puro llorar y llorar. Yo entendía que estuviera preocupada, pero es que  pasamos de coger como conejos a nada de nada. Al principio de nuestra relación ella no quería ni mamármela, pero poco a poco se fue soltando, nos mandabamos fotos bien hots (tremendas jaladas de verga que me hacía, yo también le mandaba su dotación de packs) y mi siguiente jugada era darle por el asterisco, pero las cosas se complicaron y ni pedo.

Iba yo regresando a la biblioteca y desde afuera pude ver que mi morra y el Jorge estaban muy a gustito. Ella tenía la cabeza descansando sobre el hombro del tipo, de repente se reían y se miraban a los ojos mientras volvían a carcajearse. Al ver eso sentí que la sangre me empezaba a hervir. Me sentí traicionado. Ya sé que soy un pendejo porque justo iba a hacerle lo mismo a ella. El caso es que no iba a dejar que el Jorge se aprovechara. Así que entré rápido a la biblioteca y sin decir nada abrí espacio entre los dos y me senté. Lo recuerdo y todavía me da pena ajena, pero bueno. Podía sentir la tensión bien machín. Quería dejarle muy claro al Jorge quien mandaba, yo estaba intentando besar a la morra dándole piquitos, cuando de repente comenzó a sonar su celular. 

Era llamada del veterinario que le dijo que podía pasar por su perro, para que se siguiera recuperando en casa. Ella bien contenta me dejó ahí solito. Antes de irse, nos despedimos afuera de la biblioteca y me hizo prometerle que yo haría todo lo que Jorge me indicara. Que no quería que yo le armara un problema. Porque resulta que ella sospechaba que yo no le caía bien al tipo, que normalmente él era muy alegre y bromista hasta que aparecía yo y cambiaba totalmente su actitud. No sé ustedes, pero saber eso sobre el tipo incrementó mis sospechas de que se quería tirar a mi novia y por eso yo le incomodaba mucho.

Con todo esto en mente me volví para adentro a sentarme junto al Jorge, imagínense. Enseguida yo adopté una actitud de macho alfa, porque descansé mi brazo en el respaldo de su silla rodeando su cuello. Claramente incómodo, el tipo se movió un poco intentando alejarse de mi mirada penetrante, lo estaba escaneando de arriba a abajo al wey. El cabrón era barboncito, gordito, siempre andaba vestido de tipo formal,  con camisas y jeans, nunca lo había visto con otro tipo de ropa. Estaba concentrado en la pantalla de la computadora, pero se veía nervioso porque resbalaban gotas de sudor de su frente y se relamía los labios de vez en vez. Tamborileaba sobre la mesa con los dedos de su mano libre y ahí fue cuando lo noté: el pendejo traía en la muñeca una pulsera con el nombre de mi novia.

—¿Qué pedo con esa pulsera? —le pregunté acercando mi cara a la suya.

—¿Qué tiene? —me respondió sin siquiera volverse para mirarme. 

—Cómo que ¿Qué tiene? ¡Pues es mi novia! — casi le estaba gritando.

—¿Y a mi que?

—No me provoques wey.

El Jorge se volvió para mirarme, sus labios temblaban pero no se contuvo nada:

—Y tú no digas nada, que estoy haciendo tu "difícil" proyecto de primaria y además…

—¿Y además qué, wey? ¿Por eso te caigo mal, verdad?, porque te quieres cojer a mi morra.

—Estás bien pendejo, yo me voy, luego me cuentas qué tal tu proyecto.

Acto seguido, el Jorge se levantó dispuesto a irse. Pero yo no iba a dejar que se saliera con la suya. Me levanté y lo agarré por el cuello de su pinche camisa, estaba dispuesto a madrearmelo al cabrón. Teníamos las caras muy cerca, podía sentir su respiración acelerada. Quería dejarle las cosas bien claro:

—¡Me vas a explicar que haces con esa pulsera o te reviento wey!

—¡Esta pulsera nos la hicimos el día que ella me acompañó a la marcha! —me respondió con la voz quebrada, su cara estaba enrojecida, como que quería llorar. Yo no sabía de qué estaba hablando hasta que me fijé otra vez en la pulsera. Estaba como tejida y con colores del arcoíris. No me acordaba de nada sobre una marcha, pero me quedó claro que Jorge era puto. Me sentí bien pendejo, pero no sé, yo sentía que había algo más que no me quería decir el pendejo. Porque se podía notar su tremenda erección, la silueta de su salchicha se marcaba debajo de sus jeans. Wey ¿que pedo?, pensé. Después de eso Jorge se volvió a sentar y fingía estar concentrado en la computadora, pero obviamente no, porque tenía los ojos rojos, sus dedos temblaban sobre los teclados y se notaba muy apresurado.

Yo me quedé ahí de pie. Me puse a pensar en lo que acaba de pasar. Al Jorge se le había parado la verga cuando lo traté mal y nuestras caras estuvieron muy cerca. ¿Será por eso que yo le incomodaba mucho? O también, ¿Solo se le paraba cuando estaba nervioso? ¿Será puto de verdad o quería engañarme para que no sospechara que quería tirarse a mi novia? Solo había una forma de saberlo, y tan solo de pensarlo, mi miembro comenzó a latir.

Yo andaba bien caliente y además, por alguna razón, me excitó mucho el hecho de que a Jorge le hubiera gustado que lo tratara mal. Y siguiendo mis instintos, me paré por detrás de su silla, puse mis manos sobre cada uno de sus hombros y le pedí perdón, le dije que yo no sabía,  pero que no tenía problema con eso, que estaba bien, etcétera. Jorge solo dijo que no pasaba nada, pero no me miró ni nada. Yo pensé: esto no  puede estancarse así. Me incliné hacía adelante y acerqué mi cabeza junto a la suya, casi rozando nuestras mejillas. 

—¿Tu crees que falta mucho? —le pregunté refiriéndome al proyecto.

—No, tal vez para mañana ya esté casi listo.

Yo procuraba respirar bien recio sobre su cuello, sentía el calor de su cuerpo subiendo hasta chocar contra mi cara. Olía a jabón mezclado con el dulce aroma del sudor de una larga jornada en la universidad, no a sudor de macho, al contrario, casi olía a morra, como a maricón sumiso y obediente.

—Que rico hueles, cabrón —le susurré con la voz más ronca que pude hacer—, pues ¿cuál perfume usas o qué?

Jorge no hizo, ni dijo nada. Pero yo alcanzaba a ver su entrepierna, su erección ya había mojado su pantalón, una mancha húmeda que él cubrió rápidamente con una libreta. Yo estaba que me lo comía al cabrón, su cuellito rico, me daban ganas de darle unos chupetones bien sabrosos. Mis labios ya estaban rozando el lóbulo de su oreja cuando le llegó un mensaje, y desde la mesa, la pantalla de su celular se iluminó. La foto que tenía como protector era una foto mía, en la imagen yo estaba encuerado y acostado en mi cama, mis piernotas abiertas, jalándome la verga bien parada y babosa. Rápidamente Jorge escondió su celular, pero yo ya había visto todo. Nos quedamos en silencio, bien tensos los dos.

¿Que pedo que se robaba mis fotos desde el celular de mi novia? ¿Qué hacía con eso? ¿Se la jalaba viéndome la riata? No sabía cómo sentirme al respecto. Me sentí acosado y usado. Pero al mismo tiempo me calentó de una manera espectacular, mi erección estaba que no podía más, necesitaba liberarlo, sentía que se me iba a quebrar por la presión dentro de mi pantalón. Vi a través de la pantalla de la computadora que el morro estaba cerrando todas las pestañas, parece que ya iba de salida. Sabía que tenía que pensar rápido, tenía que hacer algo. Me acerqué otra vez a su cuello y le susurré:

—Y aquí entre nosotros, que ya estamos en confianza, ¿te gusta algún bato del salón? Yo puedo presentartelo, si quieres. —Mantuve mi cara firme cuando Jorge se volvió rápido para mirarme, quedamos cara a cara. Yo sabía lo que estaba buscando en mi mirada, quería saber si lo que estaba pasando era de verdad— Claro, solo si quieres, te gusta la riata ¿no?

Jorge solo asentía con la cabeza, todavía no se creía lo que estaba pasando. Yo me moví rápido y me senté a su lado, él no dejaba de escanearme con los ojos, se quedaba viendo mi paquete, que a esas alturas ya formaba una carpa bien empinada.

—Jorge, mírame —mis palabras causaron una reacción en él, como que se sobresaltó y me miró a los ojos, yo seguí con lo mío: —¿Cómo conseguiste mi foto? —Jorge intentó levantarse de su silla pero yo le agarré del brazo y se volvió a sentar— No te vayas, no pasa nada.

—Pero ¿y tu novia?

—¿Mi novia qué, perro? 

—Es que, yo no…

—No pasa nada —le dije mientras le acariciaba la pierna, muy cerca de su erección. Yo le sonreí— ¿Qué más puede pasar, que yo te embarace? 

Jorge, aunque tembloroso y sudado, pudo sonreír tímidamente. Aproveche que ya estaba cayendo y le dije que la biblioteca estaba vacía, que no había nadie y por ende, nadie iba a saber nada. Me animé a pasar mi mano sobre su erección.

—¿Te gusta lo que te hago? —le pregunté mientras yo sentía que mis dedos se humedecían con el líquido de su verga que ya traspasaba la tela de su pantalón.

—Sí.

Literal en mi mente fue: pues no se diga más. Me puse de pie y empecé a sobarme el paquete frente a él. Jorge estaba pasmado, sus ojos no se apartaban, disfrutaban del espectáculo.

—Tócalo, ándale, solo un poquito —le dije mientras agarraba su mano y le enseñaba cómo presionar sobre mi paquete. Sentir la mano de otro bato, sentir su agarre, el calor de su mano, me volvió loco. 

De repente se escuchó como que alguien entraba a la biblioteca, Jorge se paniqueó y apartó su mano. Yo pensé: no pendejo, de esta no te escapas.

—Está bien —le dije para tranquilizarlo—, no pasa nada, ya se fue. Yo te aviso si viene alguien.

—Pero, qué tal si…

—Yo te aviso, tú síguele.

—Pero si me descubren, mis papás no saben nada —dijo Jorge con la voz quebrada, estaba muerto de miedo, tragaba saliva mientras intentaba hablar con claridad—, además, es tu novia, y somos amigos, pero las fotos, yo no sé, y…

—¡Jorge, Jorge! mírame, tranquilo —le dije mirándolo a los ojos—, ¿te gusta lo que estamos haciendo, no?

—Si, pero…

—Pero nada, tú sígueme tocando, no vamos a hacer nada más, te lo juro. Pero no me dejes así —le dije mientras yo me sacaba la verga, salió disparada y soltando mucha baba—, por favor, Jorge —le suplicaba, usaba mis dedos para jugar con el liquido transparente que le salía, lo estiraba hasta que el hilo se rompía—, nadie va a saberlo, si tu no le dices a nadie, yo tampoco ¿sale?


Jorge empezó a sobarse el paquete. Instintivamente agarró mi miembro desde la base usando su mano libre, usaba el líquido resbaloso para embarrarlo por todo el tronco y así poder deslizarlo suavemente entre sus dedos. Yo estaba en la gloria, nunca me habían tocado así. Mi morra sí me la jalaba de vez en cuando. Pero no se comparaba con un bato, porque un bato sabía muy bien cómo se hacía, sabía cómo pelar el prepucio hasta que el frenillo hacía presión, pasar su dedo en el hoyito del glande y usar el líquido para sobar los huevos, jalarlos y aplastarlos hasta llegar al punto justo entre el placer y el dolor. Yo empecé a mover mi cuerpo, hacia adelante y hacia atrás, para que mi verga entrara y saliera del hueco que Jorge hacía con los dedos. 

—¿Te gusta así, pendejo? —le pregunté con la respiración agitada, no por estar cansado si no por lo extremo de la situación. En cualquier momento entraba alguien o mi novia, y ya no la contábamos. Pero ya no tenía tiempo para pensar en eso, mucho menos cuando Jorge hizo algo que acabó con el poco control que intentaba mantener. 

Jorge soltó mi pene por primera vez después de como cinco minutos masturbándome. Vió que su mano estaba repleta de líquido, lo respiró como si de una pinche droga se tratara y luego se chupó los dedos, uno a uno hasta que se lo tragó todo.

—¿Te gustaría chuparlo? —le solté sin más, mi reata palpitaba tan recio que se agitaba de un lado a otro, salpicando baba espesa—. Mira como salta, quiere entrar en tu boquita —le dije y me eché a reír de lo pendejo que sonó, él también se carcajeó.

Rodeó la base de nuevo con ambas manos, dejando la puntita libre, y comenzó a masturbarme mientras sus labios jugaban con mi glande. Le pedí que escupiera sobre mi verga y que succionara con más fuerza. Que rico se sentía, casi me hacía gemir del gusto pero no podía porque podrían descubrirnos. Me quité la camiseta porque sentía un chingo de calor. El cambio de temperatura hizo que mis pezones se me pusieran tan duros que hasta dolían un poco. Yo estaba muy excitado. Puse mis manos sobre su nuca y presioné para que se la tragara toda. 

—Quita las manos, pendejo —le ordené.

—Pero, no lo sé, yo…

—Nada de “peros”, cómetela toda, sí puedes.

Jorge me obedeció y yo perdí el control. Le cogí el hocico bien a gusto. Fueron como cinco minutos de pura gloria. Se sentía bien chido cuando mi verga se curvaba al llegar hasta el fondo de su garganta, cuando sus espasmos me obligaban a sacarlo de golpe y ver qué estaba todo cubierto de un chingo de baba. Jorge me miraba con los ojos llorosos, me suplicaba con la mirada. 

—No puedo wey —alcanzó a decirme cuando pudo recuperar un poco el aliento—, me arde la garganta, casi me vomito.

—Es cierto, no puedes —le dije y me sentí muy satisfecho cuando Jorge me miró fijamente, estaba sorprendido por lo que le dije—, mejor me la voy a jalar en el baño y a tirar mi leche.

—No.

—¿No?

—No te vayas —me dijo sujetándome de los brazos y mirando fijamente mi verga—, si puedo.

—¿Quieres mi leche? —le dije mientras movía mi cuerpo para que mi pene palpitante se golpeara en sus mejillas—, hace mucho que no cojo. Mis huevos están llenos de leche. ¿Si te rifas?

—Si, si quiero.

—No te escuché. Dilo con mi nombre.

—Si. Miguel. Quiero tu leche.

Escuchar mi nombre de sus labios húmedos de mi líquido me prendió de nuevo.

—Pues date, cabrón.

Jorge volvió al ataque, pero está vez con más ahínco. Se la tragaba toda y permanecía quieto unos segundos, dejando que su garganta se acostumbrara al grosor, mientras yo lo miraba sorprendido. Escuchaba sus espasmos, los deliciosos sonidos que sus arcadas producían, intentando contener el vómito. Cuando no podía más, la sacaba de un jalón y tomaba aire. Se quedaba mirando mi verga, cómo quien ve un rico manjar en el desierto. Se limpiaba los mocos mientras repetía una y otra vez: si puedo, si puedo. Cuando se recuperaba, rodeaba mi cuerpo con sus brazos hasta cubrir mis nalgas con sus manos y hacía presión para que le entrara mi erección hasta adentro, muy al fondo, aunque su garganta estaba que ya no daba más. 

Yo me la estaba disfrutando, veía que el miembro de Jorge estaba palpitando dentro del pantalón. Me llevé las manos a la nuca, levanté la cabeza para mirar el techo y cerré los ojos para disfrutar al máximo de tremenda mamada. Los sonidos celestiales del mete y saca. Cuando Jorge se limpiaba los mocos con la mano. Podía sentir el cambio de temperatura en mi verga, muy calientito cuando entraba en su boquita. La sangre se me aglutinaba en el glande cuando succionaba con fuerza. Yo sentía cosquillas en el abdomen cada vez que Jorgito se la tragaba toda, respiraba muy fuerte por la nariz y despeinaba mi vello púbico. Me atreví a abrir los ojos y bajar la mirada para verle la cara. Me lo encontré totalmente destrozado, las lágrimas caían desde sus ojos inyectados en sangre. La barbilla estaba toda cubierta de baba que caía hasta el piso. Jorge se la tragó una vez más mientras me miraba a los ojos. Y no pude más. Sentí que mis huevos se encogían y disparé mi leche dentro de su garganta. Una parte de la leche se la tragó al instante. Pero se sintió ahogarse y la sacó, provocando que le salpicara la cara y los ojos. Yo me agarre la verga para exprimirla toda, limpiando los restos en su mejilla. Jorge estaba pasmado, me fijé que su pantalón estaba bien mojado con su propia leche.

—¿Qué esperas? —le dije.

—¿Qué?

—Ve a limpiarte al baño, yo aquí recojo todo —lo sujeté del brazo antes de que se fuera, se volvió para mirarme, estoy seguro que esperaba que lo besara o algo así, pero yo no le entraba a esas cosas—. Y me haces el favor de borrar mi pinche foto de tu celular, no quiero problemas con mi novia ¿entendido?

Jorge solo asintió con la cabeza  confundido y se salió de la biblioteca mirando para todos lados, porque no quería que le descubrieran andando por ahí con el hocico lleno de semen. De repente sonó mi celular y era mi novia, me dijo que su perro ya estaba en casa, estaba muy contenta y que me esperaba ahí. En chinga guardé mi verga aún semi erecta, me puse la camiseta, recogí todo y me fui de ahí. Porque sabía que cuando mi novia estaba contenta, su conchita también sonreía. 

Y nada, así fue como me cogí la boquita del pendejo de Jorge. Obviamente me lo seguí encontrando en el grupo de las amigas de mi morra, pero ahora era mucho más amable conmigo, un día hasta me invitó a ver Netflix en su casa.

Qué bonitas anécdotas de la universidad.


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